
Los SSD, objetivamente, han supuesto un cambio enorme a la hora de usar nuestro PC. Pasar de un disco duro mecánico a un SSD supone un enorme salto en cuanto a tiempos de carga, fluidez de uso y respuesta de aplicaciones, archivos o juegos. Pero no siempre rinden como esperamos.
El problema comienza cuando entramos en la guerra de cifras que puede suponer la compra de uno u otro SSD NVMe. Ahí aparecen dispositivos que, sobre el papel, rozan o superan velocidades de espanto. Pero luego, no ofrecen diferencias palpables al abrir un juego, cargar una partida o movernos por sus menús. La explicación tras todo esto es que muchas de esas cifras se refieren a lecturas o escrituras secuenciales ideales. Siempre en un escenario muy favorable.
Pero no siempre se parece demasiado a cómo trabaja dentro de un videojuego en la vida real. El almacenamiento, en realidad, es solo una parte del proceso. La CPU tiene que gestionar peticiones, descomprimir datos y preparar recursos. Mientras tanto, el propio motor decide cómo y cuándo se cargan texturas, sonidos, shaders o mapas. Por ello, tiene mucha más profundidad de la que podría parecer en un principio.
Los juegos no funcionan como copias de archivos
La gran trampa que encontramos en los SSD es a la hora de interpretar sus especificaciones. Cuando un fabricante anuncia 7000, 10000 o incluso más MB/s de velocidades, habla de rendimiento secuencial en condiciones muy óptimas. O sea, leyendo o escribiendo grandes bloques de datos continuos. Eso es genial para mover archivos o trabajar con ciertas tareas. Pero en un juego, no siempre se accede al almacenamiento de esa manera. Muchas veces usa miles de archivos pequeños, datos comprimidos, accesos aleatorios y procesos que dependen más de cómo está organizado todo que de la velocidad máxima de lectura.
Por lo tanto, por medio tenemos la CPU. Aunque el SSD entregue los datos muy rápido, el procesador todavía ha de ocuparse de tareas como la descompresión de assets, la inicialización de recursos y de parte de la lógica de carga del motor del juego. De hecho, las pruebas con DirectStorage muestran que el salto en ancho de banda no siempre se traduce en recortes igual de grandes en tiempos de carga. Precisamente, porque hay otras etapas del proceso que siguen pesando bastante. En el caso del juego Forspoken, por ejemplo, DirectStorage mejoró el rendimiento de entrada y salida, pero sobre un NVMe que ya es rápido, la reducción de los tiempos de carga es bastante menos espectacular de lo que sugieren las cifras.
Por ello, un SSD Gen5 puede parecer un salto enorme frente a un Gen4, basándonos en los datos técnicos. Pero luego puede quedarse muy cerca a la hora de jugar. Si el juego no aprovecha ese extra de velocidad, o si la velocidad corre a cargo de otros procesos, el usuario no percibe más allá de números técnicos en la ficha del producto.
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