
Es cierto que Windows 11 nunca estuvo llamado a ser el «sistema operativo definitivo» de Microsoft, pero resulta curioso que ha sido la propia compañía la que terminó por convertirlo en uno de los peores, casi a la altura de Windows Vista. En este artículo vamos a analizar las claves de por qué ha sucedido esto, y os vamos a dar nuestra opinión al respecto.
Windows 10 funcionaba muy bien. Casi perfectamente, de hecho. Sin embargo, con el lanzamiento de Windows 11 en octubre de 2021, Microsoft ya empezó a darnos pistas de sus intenciones, prácticamente obligando a actualizar a todo el mundo a pesar de que este sistema operativo tenía ciertos requisitos de hardware que no todo el mundo cumplía. Pero desde luego, fueron tremendamente insistentes.
La debacle de Windows 11
A nadie le cabe duda a estas alturas de que Microsoft sufre una verdadera crisis de reputación con Windows 11. Tras una serie de fallos técnicos bastante graves, agujeros de seguridad y una estrategia enfocada hacia la Inteligencia Artificial bastante cuestionable, cada vez hay más usuarios descontentos. Vamos a ver por qué, bajo nuestro punto de vista.
IA sin un valor real
El pilar central de la estrategia de Microsoft para 2026, la Inteligencia Artificial integrada, se ha convertido paradójicamente en su mayor lastre. A pesar de la agresiva campaña de marketing en torno a Copilot+, la realidad para el usuario medio es que ninguna de sus funciones resuelven sus problemas cotidianos.
Hablamos de herramientas que prometían impulsar la productividad de los usuarios, pero que se perciben hoy en día como añadidos inmaduros que consumen recursos del sistema y que incluso piden tener un procesador con NPU integrada pero que no ofrecen un beneficio que se pueda percibir. La sensación generalizada es la de que Microsoft ha intentado forzar demasiado la máquina: es una solución en busca de un problema que, en la práctica, solo ha servido para complicar la experiencia del usuario y añadir capas de complejidad innecesarias a un sistema operativo que debería priorizar la eficiencia.
Aunque Microsoft impulsó la necesidad de hardware con NPU (Unidad de Procesamiento Neuronal) de última generación, las pruebas de rendimiento independientes realizadas a principios de este 2026 indican que muchas de estas tareas de IA siguen dependiendo de la nube o ejecutan procesos en segundo plano que drenan la batería de los portátiles hasta un 15% más rápido. La realidad técnica ha demostrado que eso de tener una «IA local privada y veloz» ha terminado siendo más contraproducente que otra cosa.
Hardware en busca de software
La industria del PC está viviendo, en gran parte por culpa de Microsoft, un cambio de paradigma muy forzado: la llegada de los «PC con IA». Microsoft estableció ciertos requisitos técnicos como la ya mencionada presencia de NPU con un rendimiento mínimo de 40 TOPS para habilitar las funciones más avanzadas de Windows 11, y por ello los fabricantes han inundado el mercado con supuestos procesadores optimizados para IA. La realidad es que luego el ecosistema de software apenas ha reaccionado.
Salvo funciones puntuales en edición de vídeo o filtros de imagen, el usuario ahora se topa con que ha comprado hardware optimizado para IA que luego no se utiliza para nada. La NPU es hoy por hoy un componente infrautilizado que no justifica el precio «premium» que se ha pagado por ello.
Y es que no existe un estándar de software unificado para el aprovechamiento de estas NPU. A diferencia de lo que ocurre en las GPU y estándares como DirectX o Vulkan, los desarrolladores de software no siguen ningún estándar para aprovechar la potencia para IA del silicio moderno, provocando que muchas aplicaciones populares opten por seguir ejecutando sus procesos de IA en la nube o mediante fuerza bruta por CPGPU.
Degradación del sistema central y la interfaz
Más allá de la IA, el kernel de Windows 11 está mostrando grietas que afectan directamente a la experiencia del usuario. La interfaz por ejemplo, lejos de unificarse y hacerse más amena, se ha convertido en un rompecabezas de elementos visuales inconsistentes donde conviven menús de la era de Windows 7 con el diseño moderno de WinUI 3.
A esto hay que sumar una integración muy agresiva de publicidad propia de Microsoft, ofreciendo sus propios servicios como Office, algo que los usuarios percibimos como bloatware en toda regla. Los errores en el explorador de archivos y la falta de respuesta en elementos básicos como la barra de tareas han provocado que la sensación de estabilidad, que fue un pilar en Windows 10, se evapore completamente dejándonos la sensación de que Windows 11 sigue en fase beta.
Aquí hay que hablar de los errores constantes: cada actualización grande que lanzan, crea graves problemas en el PC. Esto por no hablar de que solo Microsoft sería capaz de crear problemas en su propio software, como en una de las últimas actualizaciones, que eliminaba Paint y no dejaba volver a instalarlo porque decía que no era compatible con la versión instalada de Windows. De Peroguyo, vamos.
Cambio de modelo de negocio
El fondo del problema no es técnico, sino monetario. Microsoft ha dejado de tratar a Windows como un producto final para convertirlo en un vehículo de distribución para su ecosistema de servicios, y bajo esta nueva filosofía, el sistema operativo ya no se mide por su elegancia, rendimiento o efectividad, sino por su capacidad para generar suscripciones a otros servicios como Microsoft 365, OneDrive o Azure.

Es un cambio de prioridades que viene «de arriba» en Microsoft, y que ha desplazado el enfoque del desarrollo de su sistema operativo: en lugar de pulir el rendimiento y la privacidad, los recursos de desarrollo se destinan a integrar puntos de venta y recolección de datos dentro de la interfaz. Para los usuarios más veteranos, Windows ya no se siente como una herramienta bajo su control sino como una plataforma de alquiler donde nosotros somos el producto.
Microsoft promete un cambio de rumbo, pero con interrogantes
Ante el creciente descontento, Microsoft ha comenzado a emitir un discurso de «regreso a las bases», prometiendo priorizar la fiabilidad y el rendimiento en sus próximas grandes actualizaciones para este año 2026. Sin embargo, estas promesas chocan frontalmente con su hoja de ruta, ya que la compañía sigue apostando por convertir Windows en una especie de sistema operativo de agentes, donde la IA no es un accesorio sino el motor central.
La gran duda que queda en el aire es si Microsoft logrará recuperar la confianza del usuario tras su cuestionable modelo de negocio con Windows 11. Quizá les saldría más a cuenta lanzar ya Windows 12 para intentar hacer un lavado de cara completo, porque para ofrecer un cambio de rumo real no bastaría solo con parches técnicos, sino que tendrían que renunciar completamente a la monetización de sus servicios, algo que hoy por hoy parece estar fuera de los planes de los de Redmond.
Preguntas frecuentes sobre los problemas de Windows 11
¿Por qué se considera que Windows 11 tiene una mala reputación?
¿Cuál es el principal problema de la IA Copilot+ en Windows 11?
¿Qué es una NPU y por qué es un inconveniente en la estrategia de Microsoft?
¿Es Windows 11 menos estable que sus predecesores como Windows 10?
¿Cómo ha afectado la publicidad a la experiencia de Windows 11?
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